Baraja de poesía visual

contra la violencia machista 

 Collage digital  /  50X70  /   2010

DE BARAJAS Y TAHÚRES

 

Las relaciones amorosas tienen, probablemente, mucho de juego de azar. Quien lo probó lo sabe: amar es también una apuesta, y como tal, cuenta con jugadores de todo tipo. Hay amantes inexpertos y los hay que conocen bien cada naipe de la baraja, pero la tarea del tahúr no es otra que la de someter al azar y al contrincante, y esto no solo rompe las reglas sino que desbarata el único sentido del juego: la sensación de riesgo compartido, la variabilidad del desenlace, el vértigo de lo desconocido, la experiencia adquirida mano tras mano.

A la Fortuna siempre se la ha representado calva y era precisamente porque nadie podía agarrarla por el cabello cuando pasaba, rauda, a nuestro lado (es por tanto la Fortuna una mujer tan dadivosa como probablemente también cruel, pero de lo que no cabe duda es de su independencia). El auténtico azar, como lo es del amor, no entiende de jerarquías, y de la misma forma se nos entrega como se disipa en la nada. Cerrar el puño no sirve de nada.

Una baraja de naipes, como un tablero de ajedrez, no es el reino de lo posible sino el de un orden pensado para su disgregación, el de un orden disgregado que infinitamente tiende a la recomposición. Así, las figuras se desplazan por el tablero o el tapete, se asoman y se ocultan, pero cada una de ellas guarda siempre sus privilegios. Edu Barbero ha invertido este principio y no había mejor camino para lograrlo –Joan Brossa lo supo bien- que la disciplina a la que se ha entregado desde hace años: la poesía visual. Su postura es aquí la del tahúr, la del tramposo, es cierto, pero también la del poeta, de tal modo que, lejos de engañar o someter a nadie, lo que logra es desconcertar a todos los jugadores, poner en duda las reglas, desbaratar –metódicamente y en un como si nada- todo orden impuesto. Más que tahúr Barbero es mago, y su magia, que enciende el azar y que lo aviva, más que asombrar como un fogonazo inútil, invita a la reflexión.


Rrose Sélaby